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La Catedral de Palma
En un ya lejano otoño de 1229, el Rey Jaume I “El Conquistador”, zarpó de los puertos catalanes de Salou, Cambrils y Tarragona, al mando de una flota compuesta por 160 naves y cerca de 20.000 hombres, con un propósito claro: la conquista de la isla de Mallorca, movido por el deseo de poseer un “regne dins la mar” (un reino dentro del mar), y para acabar con la piratería mora que tenía en las islas su base principal. Cuentan las crónicas de aquella expedición, que en la noche del día 7 de septiembre, cuando ya divisaban las costas mallorquinas, se levantó una fuerte tempestad y gigantescas olas que iban a echar a perder los planes estratégicos de la Reconquista. En medio del fragor de la tormenta, el rey se puso de rodillas y pidió a Santa María que le librara “de esta pena y peligro en que me encuentro yo y quienes vienen conmigo”. Y el monarca pronunció su voto. Si ponía pie en la capital mallorquina y lograba expulsar de la isla a los árabes, construiría un templo que expresara su profundo agradecimiento a la providencia y a la misericordia divina. Al día siguiente, la expedición llega sana y salva a costas mallorquinas. Posteriormente se logra la conquista de la isla. El 31 de diciembre de 1229, Jaume I, pisa suelo de Palma, y entra victorioso al frente de sus tropas por la puerta árabe de Bad al Kofer. En el año 1230, sin olvidarse de su promesa y agradecido a Dios, Jaume I, ordena la inmediata construcción del nuevo templo, y se decide como emplazamiento ideal una prominencia cercana al mar, sobre los restos de la antigua mezquita de Madina Mayurca. Rápidamente se trazan los planos y se pone la primera piedra, de la que sin duda será una de las catedrales más bonitas del mundo, y la edificación más significativa de nuestra ciudad. Evidentemente, ni Jaume I, ni su hijo Jaume II y varios monarcas posteriores, pudieron ver concluidas las obras de la Catedral de Palma (La Seu, para los mallorquines). En la primera fase de su construcción, la mezquita se reconvirtió para usos cristianos, pero su estructura exterior permaneció casi intacta hasta que Jaume II comenzó a trabajar en el proyecto en 1306. Así, se derribó la mezquita, respetando los cimientos y el minarete. Pasarían 300 años para que las obras se dieran oficialmente como finalizadas en 1601, pero errores de construcción obligaron a rehacer las bóvedas, ya que se derrumbó una parte del techo, con ello las obras sufrieron un retraso de varios años. La gran altura de la nave, ejercía demasiada presión sobre la estructura de apoyo, entonces se procedió a una renovación que dio como resultado los imponentes contrafuertes con pináculo que otorga a la catedral su característico perfil.

El primer elemento que se completó fue la capilla de la Trinitat (1329), que domina el ábside a 7 metros de altura. En ella descansan los restos mortales de los reyes de Mallorca: Jaume II y Jaume III. Las tumbas en las que reposan, fueron labradas por Frederic Marés en 1946. A continuación se añadió la Capella Real, que acoge al coro, y que tiene por sí sola las dimensiones de una iglesia. Posteriormente se construyó el gran edificio con las tres naves. La nave principal, con 19 metros de ancho y 44 de alto, es una de las mayores del mundo. Está sostenida por 14 esbeltos pilares octogonales, a los que hubo que añadir 20 cm. a sus 1,68 metros de diámetro, ya que cuando a modo de prueba, se le añadió su parte de techo, las dos primeras columnas se ladearon y amenazaban venirse abajo por el peso que tenían que sostener. La sensación de espacio del interior de la catedral se ve aumentado por estos elegantes pilares que parecen fundirse en los más altos confines de la nave.

El antiguo minarete de la mezquita, sobrevivió hasta que en 1389 fue reconvertido en campanario, que con sus 48 metros de altura resulta realmente modesto en comparación con las demás dimensiones de la catedral. Nueve son en total las campanas que acoge el campanario. La mayor de ellas, de unos 2 metros de diámetro y 4.500 kilos de peso, es muy popular en Mallorca, y recibe el nombre de N’Eloi. Como dato curioso diremos que cada campana tiene su propio nombre; sa Nova, na Bárbara, n’Antònia, na Mitja, na Tèrcia, na Matines, na Picarol y na Prima.

La catedral alberga en su interior un total de 20 capillas, además de las ya anteriormente mencionadas (Trinitat y Capella Real), existen otras dos de menor tamaño abiertas en la fachada principal, y otras dieciséis, ocho en cada nave lateral, cubiertas por cruceros en ojiva. Cobijan tallas y pinturas de estilo gótico, renacentista o barroco. Entre todas ellas destacan; la capilla de Todos los Santos, la Puetra de Vermells, de estilo plateresco. Anteriormente fue puerta del coro interior. Obra del escultor catalán Juan de Sales. La capilla del Corpus Christi, obra maestra de Jaime Blanquer, de 1607. Imponente altar barroco con figuras y tablas. Entre ellos, el “Nacimiento de Cristo” y la “Última Cena”. A la derecha del altar mayor, la capilla de San Pedro, con tiara y llaves cruzadas. Cuadros del santo, obra del artista mallorquín Miguel Torres. Estatuas de San Juan Bautista y de San Bruno, de Adrián Ferrán. Merecen atención también la capilla de San Sebastián, con un altar barroco de Francisco Herrera de 1711. La capilla de la Purísima, con obras del mallorquín Guillem Mezquida y la de San José, obra del escultor Guillem Galmés. En la actualidad, el artista mallorquín Miguel Barceló, está decorando la capilla del Santíssim (de 25 metros de alto, 8 de ancho y 12 de profundidad). Inició sus trabajos en enero de 2003, y esta gran obra verá posiblemente la luz a lo largo de 2006. El trabajo está hecho en un solo bloque que ocupa 300 metros cuadrados y en el que se emplearán 150,000 kilos de arcilla para la cerámica. La obra se basa en los panes y los peces y costará 3,5 millones de euros.

En la fachada, además de contrafuertes y pináculos, se pueden vislumbrar una gran variedad de gárgolas, que son las encargadas de la eliminación de aguas y simbolizan la expulsión de los malos espíritus en los recintos sagrados. La fachada meridional, o del Mirador, de estilo neogótico, tras ser remozada en el siglo XIX, es la imagen más característica de la Seu. En esta fachada que da al mar, se emplaza el Portal del Mirador, obra maestra del gótico catalán, y que es una de las joyas arquitectónicas de la catedral. Varias hileras de contrafuertes adornados, rodean el elaborado pórtico, una vez llamado puerta de los Apóstoles por las numerosas esculturas de santos alojadas en los nichos. Es obra de varios artistas, entre ellos, Guillem Sagrera, el genial maestro de obras de la Lonja, y Pere Morey. Destaca también un relieve de la “Última Cena”, así como una imagen sedente del Padre Eterno, labrados a finales del siglo XIV por Juan Valenciennes. En la última década del siglo XV, en la fachada septentrional y al pie del campanario, se abre el portal de l’Almonia (la limosna). Es el pórtico más sencillo de la catedral, y su nombre hace referencia a las limosnas entregadas a los pobres. El portal de l’Almonia es la última contribución gótica al exterior del edificio. El contorno rectangular y su arco apuntado están exquisitamente tallados. Frente al Palacio de la Almudaina, se encuentra el Portal Major. Aunque de estilo gótico en su conjunto, el pórtico fue realizado principalmente durante el Renacimiento. Apoyado a la fachada principal por cuatro columnas, este portal está dedicado a la Virgen María, así como a personajes y símbolos bíblicos. Tras quedar parcialmente destruida en el terremoto que sufrió Palma en 1851, la catedral fue restaurada por Juan Bautista Peyronnet.

La catedral de Palma, se ha ganado a pulso el título honorífico de la “Catedral de la Luz”. Por las vistosas vidrieras de los ventanales se filtra una tenue luz que invade el espacio. Cabe destacar el magnífico rosetón de vídriales, realizado en 1370, que luce detrás del Altar Major. Consta de 1236 cristales y forma una estrella de David, con 11,5 metros de diámetro es el mayor del mundo, y también uno de los más bellos. Como anécdota, añadiríamos que este espléndido rosetón ha tenido que ser restaurado en tres ocasiones, y en todas ellas los trabajos de restauración han durado diez años. Otra curiosidad a la que podríamos hacer referencia, es que dos días al año, el 2 de febrero y el 11 de noviembre a las 9:00 horas (si el tiempo lo permite), la luz del rosetón Major se proyecta en la fachada principal, lo que constituye un auténtico espectáculo. Gran parte de mérito de la iluminación interior de la catedral recae sobre el arquitecto catalán y maestro del modernismo, Antonio Gaudí, pues fue este quien supervisó una gran restauración entre 1904 y 1914. Se alteró la iluminación, se abrio un rosetón y ocho ventanas que estaban cerradas u oscurecidas con retablos. Entre otros trabajos, el genial arquitecto catalán, trasladó los coros desde el centro de la catedral hasta las paredes de la capilla Real (en el ábside de la nave). Adelantó el Altar Major un metro y medio para que pudiese ser visto desde cualquier rincón del templo, e introdujo la electricidad como elemento imprescindible para la iluminación interior. Con ello se suprimieron los cirios que iluminaban el templo y se instalaron las “trobigueres”, unos soportes lumínicos de hierro forjado que sostienen las bombillas alrededor de las columnas de la nave central y los bancos laterales. Pero, blanco de las críticas, Gaudí no terminó su trabajo. Muchos de sus proyectos nunca se llevaron a cabo y otros quedaron a medio camino. Este es el caso del famoso baldaquín (dosel), que se alza sobre el Altar Major. Confeccionado con madera, cartón y telas, se quedó en una simple maqueta de un original que nunca se construyó. Sin embargo, se ha convertido en uno de los símbolos de la catedral.

La entrada a la catedral se realiza a través de la antigua Sala Capitular, que hoy alberga el Museo Catedralicio, que custodia en su interior valiosas piezas de orfebrería, reliquias y pinturas medievales. Entre ellos, destacan los “rimmonim”, que se utilizaban en la lectura de las Sagradas Escrituras, y fueron fabricados en plata en el siglo XIV, procedentes de la Sinagoga de Sicilia. Son piezas únicas en el mundo y que han sido objeto de deseo por otros pueblos a lo largo de la historia. Otro de los tesoros que alberga este museo, es el relicario donde se conservan restos de madera de la Santa Cruz, con incrustaciones de piedras preciosas. No debemos dejar de visitar el claustro, de estilo barroco, y que se terminó de construir en el año 1707.

Declarada Monumento Histórico en 1931, la catedral de Palma, es uno de los templos góticos más grandes de Europa. Ocupa un espacio de casi 7.000 m², y mide 121 metros de la largo por 55 de ancho. El material que se empleó para su construcción fue la piedra calcárea de Santanyí, su color se tornasola del ocre al rosa viejo según la luz. La Seu también tiene el honor de ser la única catedral marinera del mundo. Hace menos de un siglo las olas rompían en sus cimientos, cosa que ya no ocurre, desde la construcción de la autopista al aeropuerto y el posterior Parc de la Mar. Si llegamos a Palma por primera vez a través del mar, descubrimos a lo lejos la pétrea silueta de la Seu de Palma, su similitud con una escarpada montaña se va difuminando a medida que nos vamos acercando a la costa. Seguramente sentiremos una inmensa y solemne admiración. Y ahí sigue nuestra catedral, anclada a la vera del mar y asomándose a la bahía. Contemplarla por la noche puede llegar a ser un verdadero espectáculo, el juego de luces y reflejos en el mar es una verdadera delicia, algo que no olvidaremos fácilmente.

Por último cabe destacar el setecientos aniversario desde el inicio de su construcción, en febrero de 1306. Como homenaje a este 700 cumpleaños, el Obispado de Mallorca ha diseñado un programa de visitas guiadas, y se publicarán varios libros sobre la historia de la Seu de Palma.


Dirección: Plaça d’Almoina
Teléfono: 971 723 130
Horario: de lunes a viernes de 10 a 17,30 h (15 h de principios de noviembre a finales de marzo) y los sábados de 10 a 13,30.
Cerrado: domingos y festivos


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